Thomas Mann es uno de esos autores clásicos a los que hay que perderles el miedo. Podríase pensar, por la época en que le tocó vivir, que estamos frente a un escritor complejísimo que se pierde en la inmensidad de su grandeza, como Balzac por ejemplo. Nada más lejos de la realidad. Si bien la prosa del alemán Mann no puede catalogarse en absoluto de sencilla, al estilo de los escritores más contemporáneos, tampoco puede etiquetarse como algo casi ilegible de tan rebuscado. Es un estilo elegantísimo, eso sí, fino como pocos, pero que cualquier mortal podría más o menos leer.
En La muerte en Venecia (publicada por primera vez en 1912), la escritura está puesta al servicio de una historia sencilla y corta, carente de ramificaciones. La trama es la siguiente: Gustav Aschenbach es un escritor maduro y ampliamente reconocido que, buscando escapar de la monotonía y opresión de su vida cotidiana en Alemania, se embarca en un viaje a Venecia. Ya en la ciudad de los canales, Aschenbach se hospeda en el lujoso Gran Hotel de los Baños, en el Lido, ligeramente alejado de la hermosa pero hedionda Venecia. Allí conoce a Tadzio, un muchacho de catorce años, polaco, que pasa las vacaciones en ese lugar con su familia. Pero ¿Aschenbach realmente conoce a Tadzio? A lo largo de las noventa páginas de historia, jamás intercambian una palabra. Sin embargo, eso no impide que el escritor caiga enamorado como un adolescente de aquel efebo al que solamente observa. Impedido por las normas de una sociedad acartonada hasta el extremo, y hasta de su propia moral, Gustav sólo admira, contempla, se deleita viendo a Tadzio a la hora de la cena, recorriendo Venecia, nadando en la playa, en cualquier momento que puede. Enfrentado a su propio demonio interno, Aschenbach trata de escapar de aquel lugar, partiendo de inmediato. Por supuesto que no puede, pues el pequeño muchacho se ha convertido en la luz de su existencia, lejana en la dolorosa realidad, íntimamente cerca en el deseo.
La novela (¿no sería más correcto llamarla, por su extensión, nouvelle o novela corta?) está dividida en cinco capítulos. Entre ellos el que destaca, por albergar en él a toda la esencia de la historia, es el Cuatro. Mann no se conforma con contar únicamente la historia de Aschenbach mirando a Tadzio a lo largo de los días venecianos, sino que, yendo más allá, pone en las palabras su reflexión filosófica acerca de la belleza y del arte, influenciada por las ideas que Platón planteó en Fedro. Dice que la belleza es la única de las virtudes que podemos gozar con los sentidos y no con el intelecto. Dice que el artista, el creador, trata de reflejar mediante el intelecto toda la belleza que hay en el mundo y dentro de sí mismo. Dice que el amante siempre es más hermoso que el amado. Todo esto partiendo de la base de Aschenbach en pleno éxtasis de la contemplación, mirando a Tadzio construir un castillo de arena en la playa. Resalta también la concepción que se tiene de belleza: el parecido de un ser con los antiguos dioses de la mitología griega (¿se oye aquí el primer latido de lo que habría de utilizar Vladimir Nabokov en su Lolita?), el ser que es capaz de volver loco de amor a cualquiera con su sola imagen. Para ilustrar aún más su pensamiento, Mann pone de ejemplo (¿no es suficiente con la misma novela en sí?) a Apolo y Jacinto, al dios griego del sol y a su amante, éste último asesinado por el dios del viento, enamorado de Jacinto y celoso de Apolo. Es entonces el artista un dios que crea arte, así como Apolo hizo surgir la flor que lleva el nombre de su amado, para recordar siempre al objeto de su pasión.
La obra de Mann fue llevada al cine en 1971 por el director italiano Luchino Visconti, con Dirk Bogarde en el papel de Aschenbach y el joven Björn Andrésen como Tadzio. La adaptación es uno de esos extraños casos del cine en donde un film basado en una obra literaria es realmente bueno, aunque sin un punto de comparación entre estos, porque ambos manejan lenguajes sensibles completamente diferentes. Al ser una historia sumamente corta, la película, de dos horas de duración, contiene todas las escenas planteadas en el libro, e incluso, algunas inventadas ad hoc por el guionista para darle mayor fuerza a la película. Una de las pocas diferencias que presenta el film con la novela es la profesión del profesor Aschenbach, quien originalmente es un escritor muy reconocido, mientras que en la adaptación es un compositor. Para no dejar de lado toda la disquisición estético-filosófica, a lo largo del metraje el personaje de Aschenbach conversa con un amigo que aparece y sale de escena de forma brusca, acaso una mera imaginación del perturbado (todo artista lo es) protagonista, y en aquellas conversaciones, se van diluyendo lentamente los mismos argumentos que el libro plantea para el pensamiento del lector. Un aspecto importantísimo que no pasa ni de lejos desapercibido en la adaptación cinematográfica es la utilización de la música de Gustav Mahler (¿mismo nombre de pila, mera coincidencia?). Último representante de los grandes compositores que surgieron en Viena, Mahler caracterizó su obra, sobre todo sus complejas sinfonías, por un marcado post-romanticismo y un ansía de atrapar en sus partituras todas las revoluciones musicales que nacían a principios del siglo XX. Al comienzo del film, durante varias escenas y sobre todo en el clímax y el final, se utilizan diversos movimientos de las sinfonías de Mahler. Mejor música no se pudo haber elegido. Pues de qué otra forma plantear el desenlace de la historia: cuando el profesor Aschenbach descubre que una epidemia de cólera se extiende por Venecia y que el gobierno no dice nada por temor a alejar a los turistas, cuando cae en cuenta de que la familia de Tadzio no se marchará para salvar su vida pues no sabe nada de la creciente mortandad, y cuando se descubre así mismo contagiado del mal, muriendo tendido en la playa, prefiriendo ese destino a alejarse un instante de la visión de su Tadzio.
En La muerte en Venecia (publicada por primera vez en 1912), la escritura está puesta al servicio de una historia sencilla y corta, carente de ramificaciones. La trama es la siguiente: Gustav Aschenbach es un escritor maduro y ampliamente reconocido que, buscando escapar de la monotonía y opresión de su vida cotidiana en Alemania, se embarca en un viaje a Venecia. Ya en la ciudad de los canales, Aschenbach se hospeda en el lujoso Gran Hotel de los Baños, en el Lido, ligeramente alejado de la hermosa pero hedionda Venecia. Allí conoce a Tadzio, un muchacho de catorce años, polaco, que pasa las vacaciones en ese lugar con su familia. Pero ¿Aschenbach realmente conoce a Tadzio? A lo largo de las noventa páginas de historia, jamás intercambian una palabra. Sin embargo, eso no impide que el escritor caiga enamorado como un adolescente de aquel efebo al que solamente observa. Impedido por las normas de una sociedad acartonada hasta el extremo, y hasta de su propia moral, Gustav sólo admira, contempla, se deleita viendo a Tadzio a la hora de la cena, recorriendo Venecia, nadando en la playa, en cualquier momento que puede. Enfrentado a su propio demonio interno, Aschenbach trata de escapar de aquel lugar, partiendo de inmediato. Por supuesto que no puede, pues el pequeño muchacho se ha convertido en la luz de su existencia, lejana en la dolorosa realidad, íntimamente cerca en el deseo.
La novela (¿no sería más correcto llamarla, por su extensión, nouvelle o novela corta?) está dividida en cinco capítulos. Entre ellos el que destaca, por albergar en él a toda la esencia de la historia, es el Cuatro. Mann no se conforma con contar únicamente la historia de Aschenbach mirando a Tadzio a lo largo de los días venecianos, sino que, yendo más allá, pone en las palabras su reflexión filosófica acerca de la belleza y del arte, influenciada por las ideas que Platón planteó en Fedro. Dice que la belleza es la única de las virtudes que podemos gozar con los sentidos y no con el intelecto. Dice que el artista, el creador, trata de reflejar mediante el intelecto toda la belleza que hay en el mundo y dentro de sí mismo. Dice que el amante siempre es más hermoso que el amado. Todo esto partiendo de la base de Aschenbach en pleno éxtasis de la contemplación, mirando a Tadzio construir un castillo de arena en la playa. Resalta también la concepción que se tiene de belleza: el parecido de un ser con los antiguos dioses de la mitología griega (¿se oye aquí el primer latido de lo que habría de utilizar Vladimir Nabokov en su Lolita?), el ser que es capaz de volver loco de amor a cualquiera con su sola imagen. Para ilustrar aún más su pensamiento, Mann pone de ejemplo (¿no es suficiente con la misma novela en sí?) a Apolo y Jacinto, al dios griego del sol y a su amante, éste último asesinado por el dios del viento, enamorado de Jacinto y celoso de Apolo. Es entonces el artista un dios que crea arte, así como Apolo hizo surgir la flor que lleva el nombre de su amado, para recordar siempre al objeto de su pasión.
La obra de Mann fue llevada al cine en 1971 por el director italiano Luchino Visconti, con Dirk Bogarde en el papel de Aschenbach y el joven Björn Andrésen como Tadzio. La adaptación es uno de esos extraños casos del cine en donde un film basado en una obra literaria es realmente bueno, aunque sin un punto de comparación entre estos, porque ambos manejan lenguajes sensibles completamente diferentes. Al ser una historia sumamente corta, la película, de dos horas de duración, contiene todas las escenas planteadas en el libro, e incluso, algunas inventadas ad hoc por el guionista para darle mayor fuerza a la película. Una de las pocas diferencias que presenta el film con la novela es la profesión del profesor Aschenbach, quien originalmente es un escritor muy reconocido, mientras que en la adaptación es un compositor. Para no dejar de lado toda la disquisición estético-filosófica, a lo largo del metraje el personaje de Aschenbach conversa con un amigo que aparece y sale de escena de forma brusca, acaso una mera imaginación del perturbado (todo artista lo es) protagonista, y en aquellas conversaciones, se van diluyendo lentamente los mismos argumentos que el libro plantea para el pensamiento del lector. Un aspecto importantísimo que no pasa ni de lejos desapercibido en la adaptación cinematográfica es la utilización de la música de Gustav Mahler (¿mismo nombre de pila, mera coincidencia?). Último representante de los grandes compositores que surgieron en Viena, Mahler caracterizó su obra, sobre todo sus complejas sinfonías, por un marcado post-romanticismo y un ansía de atrapar en sus partituras todas las revoluciones musicales que nacían a principios del siglo XX. Al comienzo del film, durante varias escenas y sobre todo en el clímax y el final, se utilizan diversos movimientos de las sinfonías de Mahler. Mejor música no se pudo haber elegido. Pues de qué otra forma plantear el desenlace de la historia: cuando el profesor Aschenbach descubre que una epidemia de cólera se extiende por Venecia y que el gobierno no dice nada por temor a alejar a los turistas, cuando cae en cuenta de que la familia de Tadzio no se marchará para salvar su vida pues no sabe nada de la creciente mortandad, y cuando se descubre así mismo contagiado del mal, muriendo tendido en la playa, prefiriendo ese destino a alejarse un instante de la visión de su Tadzio.
El mundo de los poetas estaba en un campo reducido a las últimas cenizas del último fénix En la mínima expresión de una novela es donde la noche encuentra un refugio a las palabras del poeta El mundo El mundo es la creación de un recuerdo que ha sido abortado El mundo carece de nombre El mundo sin poesía es tierra y carne El mundo creo que no tiene más creencia que un poema El mundo en que vivo no es ni real ni de poetas ni sé si es mundo El mundo de los poetas lo defino como este poema y los que siguen y los que nunca escribiré.



