EL movimiento

El mundo de los poetas estaba en un campo reducido a las últimas cenizas del último fénix En la mínima expresión de una novela es donde la noche encuentra un refugio a las palabras del poeta El mundo El mundo es la creación de un recuerdo que ha sido abortado El mundo carece de nombre El mundo sin poesía es tierra y carne El mundo creo que no tiene más creencia que un poema El mundo en que vivo no es ni real ni de poetas ni sé si es mundo El mundo de los poetas lo defino como este poema y los que siguen y los que nunca escribiré. Más sobre nosotros »

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Muerte en Venecia

martes 30 de noviembre de 2010 0 comentarios

Thomas Mann es uno de esos autores clásicos a los que hay que perderles el miedo. Podríase pensar, por la época en que le tocó vivir, que estamos frente a un escritor complejísimo que se pierde en la inmensidad de su grandeza, como Balzac por ejemplo. Nada más lejos de la realidad. Si bien la prosa del alemán Mann no puede catalogarse en absoluto de sencilla, al estilo de los escritores más contemporáneos, tampoco puede etiquetarse como algo casi ilegible de tan rebuscado. Es un estilo elegantísimo, eso sí, fino como pocos, pero que cualquier mortal podría más o menos leer.

En La muerte en Venecia (publicada por primera vez en 1912), la escritura está puesta al servicio de una historia sencilla y corta, carente de ramificaciones. La trama es la siguiente: Gustav Aschenbach es un escritor maduro y ampliamente reconocido que, buscando escapar de la monotonía y opresión de su vida cotidiana en Alemania, se embarca en un viaje a Venecia. Ya en la ciudad de los canales, Aschenbach se hospeda en el lujoso Gran Hotel de los Baños, en el Lido, ligeramente alejado de la hermosa pero hedionda Venecia. Allí conoce a Tadzio, un muchacho de catorce años, polaco, que pasa las vacaciones en ese lugar con su familia. Pero ¿Aschenbach realmente conoce a Tadzio? A lo largo de las noventa páginas de historia, jamás intercambian una palabra. Sin embargo, eso no impide que el escritor caiga enamorado como un adolescente de aquel efebo al que solamente observa. Impedido por las normas de una sociedad acartonada hasta el extremo, y hasta de su propia moral, Gustav sólo admira, contempla, se deleita viendo a Tadzio a la hora de la cena, recorriendo Venecia, nadando en la playa, en cualquier momento que puede. Enfrentado a su propio demonio interno, Aschenbach trata de escapar de aquel lugar, partiendo de inmediato. Por supuesto que no puede, pues el pequeño muchacho se ha convertido en la luz de su existencia, lejana en la dolorosa realidad, íntimamente cerca en el deseo.

La novela (¿no sería más correcto llamarla, por su extensión, nouvelle o novela corta?) está dividida en cinco capítulos. Entre ellos el que destaca, por albergar en él a toda la esencia de la historia, es el Cuatro. Mann no se conforma con contar únicamente la historia de Aschenbach mirando a Tadzio a lo largo de los días venecianos, sino que, yendo más allá, pone en las palabras su reflexión filosófica acerca de la belleza y del arte, influenciada por las ideas que Platón planteó en Fedro. Dice que la belleza es la única de las virtudes que podemos gozar con los sentidos y no con el intelecto. Dice que el artista, el creador, trata de reflejar mediante el intelecto toda la belleza que hay en el mundo y dentro de sí mismo. Dice que el amante siempre es más hermoso que el amado. Todo esto partiendo de la base de Aschenbach en pleno éxtasis de la contemplación, mirando a Tadzio construir un castillo de arena en la playa. Resalta también la concepción que se tiene de belleza: el parecido de un ser con los antiguos dioses de la mitología griega (¿se oye aquí el primer latido de lo que habría de utilizar Vladimir Nabokov en su Lolita?), el ser que es capaz de volver loco de amor a cualquiera con su sola imagen. Para ilustrar aún más su pensamiento, Mann pone de ejemplo (¿no es suficiente con la misma novela en sí?) a Apolo y Jacinto, al dios griego del sol y a su amante, éste último asesinado por el dios del viento, enamorado de Jacinto y celoso de Apolo. Es entonces el artista un dios que crea arte, así como Apolo hizo surgir la flor que lleva el nombre de su amado, para recordar siempre al objeto de su pasión.

La obra de Mann fue llevada al cine en 1971 por el director italiano Luchino Visconti, con Dirk Bogarde en el papel de Aschenbach y el joven Björn Andrésen como Tadzio. La adaptación es uno de esos extraños casos del cine en donde un film basado en una obra literaria es realmente bueno, aunque sin un punto de comparación entre estos, porque ambos manejan lenguajes sensibles completamente diferentes. Al ser una historia sumamente corta, la película, de dos horas de duración, contiene todas las escenas planteadas en el libro, e incluso, algunas inventadas ad hoc por el guionista para darle mayor fuerza a la película. Una de las pocas diferencias que presenta el film con la novela es la profesión del profesor Aschenbach, quien originalmente es un escritor muy reconocido, mientras que en la adaptación es un compositor. Para no dejar de lado toda la disquisición estético-filosófica, a lo largo del metraje el personaje de Aschenbach conversa con un amigo que aparece y sale de escena de forma brusca, acaso una mera imaginación del perturbado (todo artista lo es) protagonista, y en aquellas conversaciones, se van diluyendo lentamente los mismos argumentos que el libro plantea para el pensamiento del lector. Un aspecto importantísimo que no pasa ni de lejos desapercibido en la adaptación cinematográfica es la utilización de la música de Gustav Mahler (¿mismo nombre de pila, mera coincidencia?). Último representante de los grandes compositores que surgieron en Viena, Mahler caracterizó su obra, sobre todo sus complejas sinfonías, por un marcado post-romanticismo y un ansía de atrapar en sus partituras todas las revoluciones musicales que nacían a principios del siglo XX. Al comienzo del film, durante varias escenas y sobre todo en el clímax y el final, se utilizan diversos movimientos de las sinfonías de Mahler. Mejor música no se pudo haber elegido. Pues de qué otra forma plantear el desenlace de la historia: cuando el profesor Aschenbach descubre que una epidemia de cólera se extiende por Venecia y que el gobierno no dice nada por temor a alejar a los turistas, cuando cae en cuenta de que la familia de Tadzio no se marchará para salvar su vida pues no sabe nada de la creciente mortandad, y cuando se descubre así mismo contagiado del mal, muriendo tendido en la playa, prefiriendo ese destino a alejarse un instante de la visión de su Tadzio.

Cuentos para leer en un taller de narrativa

domingo 26 de septiembre de 2010 0 comentarios

Por Manuel del Callejo



Escribir no es un acto que pueda aprenderse como se aprenden las fórmulas matemáticas o los procesos químicos en una escuela. El acto simple y sutil de contar una historia es una batalla contra uno mismo de la que sólo se obtienen armas leyendo como un demente. Muchas veces, uno termina escribiendo en medio de los altibajos hormonales adolescentes y sin el propósito quizás demasiado jactancioso (hoy en todo día todo es demasiado equis como para tomarse en serio) de hacer algo que valga la pena como arte. Esto se extiende a toda la cultura en general, pero el caso en el que estoy particularmente interesado es la literatura. Escribir es una continuación natural, una evolución, del acto tan básico de leer. Y a su vez, leer es probablemente la forma más bella en cómo los humanos protestamos y nos rebelamos contra la vida. Leyendo, uno vive todas las vidas que le fueron negadas, todas aquellas existencias que no puede llevar a cabo. Leyendo, la gente lima asperezas con la realidad, repara aunque sea temporalmente todos esos aspectos que le incomodan y molestan de su propia vida. Leyendo, nos disfrazamos de otros seres, de personajes, y vivimos aventuras de diversa índole. Leyendo buscamos, y dice Vargas Llosa que éste es el propósito de todo tipo de arte, un paraíso donde sea posible la verdadera felicidad.

A algunos de nosotros nos gusta pensar que tenemos un extraño don para esto de contar historias y escribirlas. En mi caso particular, soy de la idea de que un amor tan excesivo y asfixiante por la literatura, sólo puede engendrar talento. Aunque por supuesto, no soy un buen aspirante a escritor. Si me siento mínimamente contento con lo que hago, con lo que he escrito, es porque he terminado unos pocos librillos, una novela entre ellos, y eso no lo logra cualquiera. Pero antes decía lo del talento por una cuestión fundamental en la escritura: nadie escribiría sino se sintiera aunque sea un poco complacido con lo que hace. Esto tampoco impide que el que escribe sepa sus defectos y busque mejorarlos. Pero también, en el primer momento en el que uno ha logrado soltar una frase bien construida sobre la hoja en blanco, se crea ese ego de artista que secretamente todos llevamos. Sobre todo los escritores jóvenes (o aspirantes a serlo) de ahora, porque las letras, al menos las mexicanas del hoy día, son un increíble desfile de modas donde cada escritor, por malo que sea, se convierte en una madame con un ego de pavorreal.

Todo lo anterior para contar un caso muy particular. En mi ciudad, Oaxaca, se lleva a cabo un taller de narrativa en la Biblioteca Andrés Henestrosa, que por lo demás es un hermoso edificio ubicado en el centro histórico. Desde su creación, allá por 2006 sino me fallan los datos, Fernando Lobo (D.F., 1969), escritor, el hombre que fundó el taller y que actualmente lo sigue impartiendo, se ha dado a la tarea nada sencilla de ayudar a las jóvenes y precoces voces literarias oaxaqueñas a encontrar su camino en esto de las letras. En una entrevista que leí, Lobo comentaba que por su taller habían pasado más de una centena de muchachos. La invitación es especializada a jóvenes de preparatoria pero también van algunos universitarios y gente veinteañera. Sin duda es apantallante que en cuatro años, sólo cuatro años, tanta gente apasionada de la literatura haya buscado alcanzar un estilo propio (no nos hagamos pendejos: quien escribe una pinche línea es porque es un devora libros).

Yo me enteré a principios de año de la nueva versión del taller, pero como no pude ir a las primeras sesiones, y obsesivo como soy, decidí esperar hasta la nueva edición, que salió en junio dado que el curso es semestral. Como de por sí soy una gente sin quehacer, en vacaciones de verano empecé a ir todos los martes y jueves, de cuatro a seis de la tarde, a este taller. El taller es una mesa (Lobo lo dijo en el prólogo de una de las recopilaciones que se han sacado de los cuentos de los jóvenes). Luego de un par de meses de puras lecturas (empezamos con Poe, luego seguimos con Sófocles, Chejov, el Marqués de Sade, Borges, Chuck Palahniuk), los participantes empiezan a poner sus propios textos sobre la mesa. Un amigo, que ya había estado en el taller pasado, me dijo que dejara que leyeran unos cuantos antes de leer yo. Se leyeron dos textos antes de que yo me animara a poner algo. Elegí uno de los cuentos que más me gusta de los que he escrito: la historia de una adolescente obsesionada con Cristiano Ronaldo. Una parte de mí esperaba una buena recepción, o que al menos alguien se riera de toda la ironía, de toda la burla hacia la alta sociedad, de la forma exagerada en cómo se cuentan los sucesos y de todas las referencias literarias que dejé en la narración. Recuerdo que alguien, creo que el buen Lobo, dijo algo que me dejó helado de la sorpresa: mi cuento era inverosímil. Desde que aprendí a leer, nunca me había detenido a pensar si lo que leía era verosímil, mucho menos lo que escribía. Muy personalmente, tengo en cuenta otras cosas a la hora de calificar como bueno un texto o no. El estilo, más que nada. Llámenme esteta o lo que fuera, pero yo sigo los mismos valores que Nabokov. Un compañero de taller dijo de mi apreciado cuentecillo algo que me pareció una estupidez total. La protagonista Anita tiene una rara enfermedad, cuando habla suele mezclar frases de libros, algunas de Shakespeare, otras de Bryce Echenique (a quien el cuento busca hacer un homenaje), aunque ella no lee absolutamente nada. Aquel compañero dijo que esa enfermedad no existía y que pues eso no era posible. Ahí recordé una frase que Krishna suele citar de Álvaro Enrigue: ¿En dónde estudió la humanidad el kínder? Luego de ese comentario me tuve que contener para no decir algo desmesurado. Si el valor de una historia se basara en lo que es posible, o real, dentro de ella, la mitad de las obras maestras serían basura. Las mujeres, por muy bellas que sean, no vuelan, por lo tanto García Márquez es malo. Los muertos no nos hablan, ni conviven con nosotros, ni nos cuentan historias, así que Rulfo es pura porquería. O pongamos un ejemplo que arda al stablishment de hoy: nadie, por muy loco que sea, se lanza a buscar a un escritor perdido del que apenas conoce algo, como nos dice Bolaño en ese libro que parece estar definiéndolo todo en las letras mexicanas de hoy en día. Aunque no todo fue malo aquella primera vez que leí un texto propio ante un público: una compañera me dijo que le había gustado, otra comentó que le pareció realmente buena la forma en cómo mi narrador se mete en la historia y la cuenta de una forma oral bastante peculiar, hasta el profesor dijo que reconocía que yo tenía estilo, aquello me hizo el día.

Pareciera que lo que escriben los jóvenes ahora debe seguir un canon muy establecido: un realismo recalcitrante, oraciones simples y cortas, ambientes urbanos sin mucho chiste, personajes monótonos. Cualquier grado de experimentación formal, la mínima pisca de esencia barroca, la más sutil influencia del Boom, está prohibida. Sólo se admiten copias de escritores gringos bastante grises. Aunque soy fan de Bukowski, prefiero a Carlos Fuentes.

Luego de mí, algunos compañeros han leído sus obras. Hubo de todo: literatura fantástica, gente que apenas empieza (con la falta de modestia por la cual debo pedir disculpas, pero aquello se nota al instante), gente que sigue al pie de la letra los parámetros del canon. Algunos textos me han podido parecer bien hechos, un par me ha gustado bastante, otros me han hasta desagradado, de algunos no sé opinar.

Debo confesar que compré Relato del suicida de Fernando Lobo, con la idea de que sería un mal libro. No me cuesta admitir, y con bastante agrado cabe añadir, que me equivoqué. Es un libro pequeñito, ágil, narrado efectivamente y con detalles sumamente positivos. Si bien sigue algunos tips del pésimo Juan Villoro, Lobo le imprime una esencia muy personal que logra sacar adelante su historia. Lo único que me causa algo de risa es que este escritor siempre dice que Cortázar es un mamón de lo peor por la enorme cantidad de referencias a artistas de mil y un ramas que hay en sus obras, cuando en Relato del suicida la mitad del tiempo se trata de una dubitación filosófica basada en ideas de Schopenhauer sobre el suicidio. Lobo me ha parecido una de las mejores plumas de su generación, muy por encima del ya mencionado Villoro, de Leonardo da Jandra, de Alberto Chimal, de Guadalupe Nettel. De aquella generación (¿es posible llamarla así?) rescato a Lobo, a Enrigue. Cristina Rivera Garza y Mónica Lavín no me producen ni un sí ni un no. Y aún no he tenido plata para comprar un libro de Tryno Maldonado al cual ya le eché el ojo, así que no opino de él ni de Fadanelli. De igual forma Volpi, Pedro Ángel Palou y su onda del crack son harina de otro costal por lo que aún no me formo una opinión muy clara. De autores de otras nacionalidades pero de esta misma época ya hablaré en otra ocasión.

El taller de narrativa de la Biblioteca Henestrosa ha publicado dos libros de recopilación con los cuentos de los jóvenes. Después del derrumbe, editado por Almadía y Hebefrenia, bajo el sello de la misma biblioteca y el amparo de la Fundación Alfredo Harp Helú.

El primero, Después del derrumbe, supuso, en general, una decepción para mí. Me encontré con muchísimos errores de mera ortografía, que no supe si achacar al editor o a los escritores. Pero también había algunos cuentos buenos, que prometían. El de Candelaria Ramales, su prosa me sonó, me gustó mucho, me hizo esperar algo más, mucho más. El texto de Enrique Velásquez Escobar fue también muy brillante y atinado, una historia que me hizo envidiar un poco del talento que los demás tienen y del que todo parece indicar que yo carezco. En el cuento de Coral Gómez vi una semilla, algo que podía haber sido bueno pero que no sé logró. El de María de los Ángeles Rosales de León me parecía que iba excelente, una destreza narrativa impresionante, narrar desde el punto de visión de una cucaracha, pero que a mitad de todo el cuento se cae estrepitosamente y pierde muchísimo. De los otros cuentos que conforman el librito confieso que me dejaron una sensación extraña, como de desesperanza (pero bueno, habrá que tener en cuenta que soy bipolar). Y un par de relatos, no diré cuáles, me parecieron hasta impublicables.

En Hebefrenia las cosas fueron más o menos similares según mi opinión nada imparcial pero no tan perdida. Candelaria Ramales se perfila como una buena escritora, de indiscutible talento en el arte de narrar, con todo sobre la mesa. Otra vez Coral Gómez, aunque esta vez con un cuento bien hecho y divertido. Sin duda alguna el cuento que más me gustó fue el de Gerardo Santos, será porque soy partidario de las causas LGBT, o por el buen manejo que tiene este sujeto para contar una historia provocativa debajo del agua. Y resalta de nueva cuenta Enrique Velásquez Escobar, otra vez con un cuento de una genialidad muy lograda. El cuento de Alejandra Silva Soriano también tiene algunos rasgos positivos, sobre todo su final bastante imprevisto. Este libro, en un balance general objetivo, es bastante mejor que Después del derrumbe, y mucho más barato cabe añadir, aunque las portadas de Almadía y los diseños son siempre una delicia por las que no duele tanto pagar.

He pensado en no volver a esa mesa, al taller, y portarme como una reina ofendida y herida en su inmenso ego, pero vamos, la discusión y la pluralidad son siempre un factor del cual puede salir muy buena literatura. Y como ya el taller va avanzando, en el tiempo, y poco a poco nos vamos internando en obras más densas y complejas (El Quijote, por ejemplo), van quedando sólo gente de verdad interesada y con un nivel un poco más alto en cuanto a cultura se refiere. Espero que con eso desaparezcan los comentarios que no aportan mucho y que nos adentremos en lo que de verdad importa, no en errores casi escolares, sino en la cuestión fundamental: ¿es una buena historia y, sobre todo, está bien contada?

Los esclavos, Alberto Chimal

jueves 29 de julio de 2010 0 comentarios


De la narrativa contemporánea mexicana poco se sabe, por lo menos en los círculos más alejados de la clase intelectual del país. Tal vez se deba a que muchos esperan el resultado de toda la influencia que Roberto Bolaño ha tenido en los escritores más jóvenes que apenas están forjando una voz. Mientras se averigua qué es lo que depara la generación más reciente, personajes como Alberto Chimal, mucho más conocido por sus cuentos, ser jurado de Caza de Letras y mantener un blog en donde hay desde concursos, talleres y hasta comentarios ocasionales de política – de izquierda “moderna”, cómo no - , buscan abrirse paso en el panteón de los escritores mexicanos importantes. Caso curioso, ya que la mayoría de su producción es fundamentalmente fantástica, algo poco visto en la literatura de este país, y la única novela que ha escrito se publicó el año pasado en la editorial independiente Almadía, de la que ya se habló en este mismo espacio una semana atrás.

Los esclavos es el título de la primera novela de este escritor nacido en 1970. Lo que más llama la atención es que se trata de un texto realista, lo que contrasta con todo lo que Chimal ha construido como proyecto literario. Novela breve, de temática violenta, a veces pornográfica, Los esclavos relata las historias de dos parejas en las que las relaciones de dominación y sumisión son lo que prima y lo que conforma el eje de la vida de dichos personajes. Situada en un pueblo lejos de la gran ciudad, la historia de Marlene y Yuyis se centra en el vínculo destructivo y de abuso que es ejercido sobre una adolescente inculta, actriz porno en ciernes y de pasado trágico. De manera paralela, se relata la historia de Golo y Mundo en el marco de las clases altas e incluso la Internet; y, aunque emparentada en cuanto a temática con la historia anterior, es en esta sección de la novela donde se expone el masoquismo, la necesidad de la humillación como un argumento del placer.

Por otro lado, el mismo índice del libro revela la estructura fragmentada de la novela: relatos que se alternan, un final que se anticipa a la mitad del libro, narraciones breves descompuestas entre la acción principal y las elucubraciones pornográficas de los personajes, inicios que se explican sólo hasta las últimas páginas. No se trata de una novela del todo lineal, y sin embargo los recursos de los que se vale Chimal no son del todo innovadores, sobre todo para quienes tienen noción de la etapa más experimental de los autores del Boom.

La sencillez y el lenguaje preciso con que Alberto Chimal construye su novela son elementos que hay que agradecer. No obstante, lo que parece ser una historia bien balanceada, adolece de capítulos abundantes en situaciones poco trascendentes o que simplemente son mentira y fallan en el intento de establecer un juego con el lector.

Mucho se ha dicho sobre la naturaleza de la temática: una madre que decide convertir a su hija en una estrella de porno casero y someterla a las más grandes humillaciones, niña que ha vivido con un dildo como juguete – quizá una de las escenas más emotivas del libro; y un homosexual, padre de familia, que, harto de ocultar su verdadera forma de ser, encuentra en una sala de chat a su dominador, quien lo exhibe como mascota ante toda la gente. A pesar de lo atractivo de las temáticas duras, hoy en día son muchos los escritores que han encontrado en la transgresión un nicho de comodidad, una zona de confort que, por alguna u otra razón, es siempre apreciada por los críticos. En ese sentido, los comentarios que más se escuchan pasan por el elogio a la frialdad casi acogedora con la que Chimal relata estas historias, pero que en realidad no hace más que repetir los esquemas transgresores que se han visto a lo largo del tiempo y que pasan por escritores clásicos, como por japoneses que parecen trastornados – como Ryu Murakami en su genial novela Azul casi transparente, relato que no pretende llegar a nada más que a la descripción fría, casi despersonalizada de la drogadicción y el sexo. Lo que parece innovador y una virtud en Chimal no es más que una fórmula bien probada y sobre todo muchas veces vista.

Mención aparte merecen los personajes en sí. El argentino Andrés Neuman, acaso uno de los mejores escritores jóvenes de nuestros tiempos, identificó bien uno de los problemas que más han aquejado la literatura latinoamericana en los últimos años: la poca y pobre creación de personajes en el verdadero sentido del término. Los esclavos es precisamente un buen ejemplo de lo que el autor de El viajero del siglo menciona: personajes planos y apenas delineados son una constante en la novel a de Alberto Chimal.

No todo en esta obra tan ensalzada por los críticos que insisten en ver a Alberto Chimal como la promesa de las letras mexicanas es del todo malo. La última parte del libro, que se compone de las secciones b) y d), es sin duda lo más logrado de Los esclavos: una narrativa limpia, libre de juegos y cuyo compromiso no es otro más que narrar lo que hay que narrar. Chimal no parece ser capaz de dejar de lado algunos lugares comunes del género: el villano rico y perverso que domina al clasemediero sin esperanzas, y la innumerable lista de guiones pornográficos elaborados por Marlene, que no es más que un chiste repetido ad infinitum, incluso hasta el hartazgo.

Tengo la sospecha de que a esta novela le ha ocurrido lo que podríamos denominar como un efecto burbuja. Ha sido tanto el ruido levantado por los críticos, que se ha dejado de lado el trasfondo y la poca capacidad de generar situaciones y personajes verdaderamente memorables. El tiempo se encargará de desinflar la burbuja que ha suscitado una obra menor.

Llamadas de Ámsterdam, Juan Villoro

martes 20 de julio de 2010 0 comentarios

Editorial Almadía es una empresa oaxaqueña, paisana mía, que se ha caracterizado, desde su no muy lejana fundación, por presentar una nueva propuesta, lo que ellos llaman nuevas voces o algo por el estilo. En resumidas cuentas es una editorial independiente. A mí me atrajo desde un inicio por la belleza de sus portadas y los diseños físicos de sus libros. Recuerdo que un día vi, colgado en el tablón de anuncios de mi escuela, un cartel para promocionar la presentación de un nuevo libro de la ya mencionada editorial Almadía. Me gustó de inicio, el nombre del libro y la reseña breve que se ponía de la historia. Terminé por ir a la presentación acompañado por una amiga. La editorial, o sepa dios quién, tuvo el buen gusto de hacerla en el precioso ex-convento de Santo Domingo de Guzmán, en la linda ciudad Oaxaca de los revoltosos. Durante la presentación del libro, Llamadas de Ámsterdam, su autor, Juan Villoro, habló de su experiencia al escribir sus primeras novelas y de cómo surgió el libro que ese día presentaban. Villoro estaba acompañado de unas gentes, según ellos grandes intelectuales, que estoy seguro nadie en la sala conocía muy bien. En general hablaron muy bonito de todo y hubo bastantes aplausos. Cuando vimos que el autor firmaría su libro, mi amiga y yo nos apresuramos a comprarlo y a formarnos para recibir su autógrafo. Villoro fue bastante amable con nosotros y nos escribió unas bonitas dedicatorias. Mi amiga charló un par de cosas con él, yo me la pase callado y sólo le sonreí al final y le di la mano.

No sé si me hice demasiadas expectativas del libro o qué pasó. La historia aparentemente es algo sencilla: Juan Jesús lleva varios años separado de Nuria, su ex-esposa. Como toda pareja, ellos tenían aspiraciones y sueños a cumplir. Una de ellas, y que casi lograron, era ir a vivir a la ciudad de Ámsterdam. Ahora, tras bastante tiempo, Juan Jesús se ha puesto en contacto con Nuria, la llama de vez en cuando por teléfono y le dice que está en Ámsterdam, algo que no es del todo incierto, ya que la llama desde un teléfono público de la calla Ámsterdam de la ciudad de México. En el aire queda flotando la pregunta: ¿qué hubiera pasado si ellos hubieran seguido juntos? A Juan Jesús lo carcome la duda y llega a hacerse pasar por alguien diferente para entrar en la casa donde Nuria vive con su nuevo esposo y su hijo. Luego de eso, la novela termina sin más.

Al terminar la lectura, dije una frase que ha gustado a un par de amigos: hay escritores que hablan demasiado bonito y escriben demasiado feo.

Insisto que las expectativas que me había hecho de la novela eran muchas. Es un libro lleno de silencios, que parece tremendamente incompleto. Como lector, vi la semilla de una gran historia que nunca llegó a desarrollarse (el libro tan sólo tiene unas 90 páginas). Pero Villoro también tiene cosas positivas en su prosa: es sencillo, claro, tiene algunas buenas frases. Me parece que podría llegar a ser un gran escritor, pero se empeña en no serlo. Descendiente de la generación-hola-estamos-aquí-y-amamos-a-Roberto-Bolaño-sobre-todas-las-cosas, Villoro, que cobró más fama al ganar un importante premio periodístico en España, me dejó con un mal sabor de boca. Yo sé bien que una de las cosas que luego apoyan a hacer una literatura sólida y eficaz, es el buen manejo de los silencios, lo que no se dice, lo que se deja a la imaginación del lector. Pero en este caso, no se dice nada, no hay sobre qué elucubrar, Llamadas de Ámsterdam es una novela que no se escribió, es un libro que las críticas inflaron hasta la ridiculez para lo que en verdad termina siendo. Y sobre todo, llena de impotencia ver a ese buen Villoro, el que tiene párrafos geniales, grandes frases, una buena historia, una prosa por momentos deliciosa y ágil, y que parece ser, se empeña en destruir su propia historia. A lo mejor ésa es la rebeldía del escritor de hoy. Sin embargo, durante la presentación del libro, Villoro leyó un texto suyo extraído del libro Palmeras de la risa rápida, y que me gustó bastante, era simplemente brillante. Vamos a darnos la oportunidad de explorar más del líder de esta generación de escritores, en general no muy esperanzadores, que con la vejez de Carlos Fuentes y la muerte de Octavio Paz hace algunos años, han terminado por hacerse con el control absoluto de las letras mexicanas del hoy por hoy.

Taller virtual: Convocatoria

martes 16 de marzo de 2010 3 comentarios

Éste es el primer post para inagurar un proyecto que teníamos en mente desde hace ya bastante tiempo: un pequeño taller de escritura. El objetivo no es otro que el de apoyarnos en el proceso de escritura y está abierto para cualquiera que decida participar.

El procedimiento será así, se dará un plazo de tiempo para que cada participante envíe un cuento al correo del Movimiento Letras Diferentes, el cual será colgado inmediatamente en el blog del taller.

Durante el proceso, los demás participantes estarán obligados a presentar una crítica de cada texto (como crítica se entiende que los comentarios tipo "genial, me gusta *-*" no entran en la categoría).

La extensión del texto podrá ser de 1,500 palabras a 7,500, y el tema será absolutamente libre.

Al final del término, los participantes presentarán una nueva versión de su escrito, enriquecida con las críticas.

El primer plazo empieza hoy, 15 de marzo y concluye el 26 del mismo mes.

Te cuento tus recuerdos

martes 23 de febrero de 2010 0 comentarios

Por Cynthia Martínez Bello

I.

REMORDIMIENTO


Huele a ese olor dulzón de cuando las flores se marchitan; huele a humo de cera producida por abejas, prueba de que se queman los cirios; huele al aliento de personas que están rezando; pero sobre todo huele a remordimiento, el de mis tías, el de mis tíos, a el mío. Y se siente frío, algo extraño en San Pedro donde aunque sea invierno se siente calorcito, pero lo más extraño fue que durante el rosario lloviznó.

Yo arreglé la cruz de tu altar, ésa que estaba en la cabecera de tu cama, lavé el plato y la adorné con flores de colores, así como te gustaba. Me acorde de ti, me acordé de que llevas ya dos años muerta. Hasta la fecha me arrepiento de no haber ido antes al hospital. Sólo alcancé a encontrarte tirada ya hecha cadáver y me arrepiento de no haberte cuidado con gusto cuando se supo lo de tu enfermedad. Esa maldita enfermedad que creíamos no lo era, que nada más querías llamar la atención de tu hijo el chiquito para que no se fuera de tu lado, para que no se casara. Pero no fue así, esa enfermedad te mató, te desgastó te dejó, en los huesos, te dejó sin recuerdos, te dejo sin conocernos a nosotros, tus nietos.

Y en ese momento tus hijos quisieron remediar la falta de cuidados hacia ti, derrochando todo su dinero en tu sepelio, te mandaron a hacer un vestido de San Judas Tadeo, te compraron un ataúd de cedro, rentaron una gran carroza para traer al pueblo tu cuerpo, gastaron y gastaron para darle consuelo a lo que en vida no te dieron. También gastaron muchas lágrimas. Chucho, tu hijo el consentido, al que se le hizo tarde para despedirse de ti, porque, seamos sinceras, tú no te querías morir sin antes verlo, no llegó – según por su trabajo –, y tú ya no aguantaste y decidiste mejor marcharte. Él pasó horas encima de tu ataúd llorando pidiéndote perdón.

Sí, a todos tus hijos les dolió tu muerte, lo vi en sus caras, en su desesperación, en su falta de coordinación al hablar o al moverse durante el sepelio y los rosarios. Nunca antes había visto tan mal a mi papá. Llegó a la casa por nosotros para irnos a San Pedro. La verdad me dio miedo, no sabía si tenía las suficientes fuerzas para manejar de madrugada en esa carretera llena de curvas. Me la pasé todo el trayecto rezando y, gracias al cielo, llegamos bien. Luciano, el más chico de tus hijos, se veía muy mal: a cada rato le ganaban las ganas de llorar – era obvio, había vivido contigo sus cuarenta años. Las muchachas, Tere y Lupe, estaban de pie arreglando tu casa. Se hacían fuertes, con sus caras bien pálidas, pero a veces lloraban. No recuerdo el semblante de Ofelia, la más grande. Tampoco el de Daniel. De Tito no te puedo decir nada, pues no tenía mucho que se había ido a los Estados Unidos; se enteró cuando le hablaron por teléfono, pero dicen que en su voz no se escuchó mucho lamento.

Tus nietos… Vi que les afectó más tu partida a los hijos de las muchachas; se la pasaban llorando durante los rosarios. Ellos en verdad que te querían. A los de Chucho no les afectó: seguían igual. Tal vez en el fondo se sintieron mal, pero no lo demostraron. A mí me dolió, como a todos, el corazón y la conciencia, pero más la conciencia porque fui mala cuando me necesitaste, cuando te enfermaste. Porque a ratos te cuidaba, pero por obligación, y me chocaba participar en tus platicas que contaban los años de cuando ibas a la primaria. Hasta ese momento entendí tanto y por más que quise no pude llorar. Te pedí perdón, y sentí que estallaba pero ni una lágrima mis ojos pudieron sacar. Yo quería llorarte para ya no sentirme apretujada entre las miradas culposas de mi remordimiento, pero no pude, no puedo. Tal vez sea porque tú sí me quisiste y yo no supe corresponder como esa nieta cariñosa que deseaste y no fui. Después de eso soñé muchas noches contigo, siempre te veía de pie y en silencio; el fondo nunca fue concreto pero tu imagen era nítida tanto que podía recordarla al otro día.

II.

SOLEDAD


Luciano empezó a llegar cada día más tarde de su trabajo, hasta que se le hizo costumbre llegar a tu casa por las noches. Como éramos vecinos fuimos testigos del sufrimiento y la preocupación que te causaba esto. Ibas preocupada a tocar la puerta con el pretexto de saber de tu hijo pero yo sabía que lo hacías también para espantar la soledad que merodeaba tu enorme casa. Pasabas horas y horas platicando con mi mamá sobre tus tiempos pasados, sobre lo malo y cómo con tus hijitos y la costura fueron progresando hasta el grado de que ellos se convirtieron en maestros. A mí, la verdad, me aburría y mejor me iba.

Un día se le ocurrió a Luciano ponerle solución a su ausencia contratando a una señora que te hiciera compañía, la comida y el quehacer. A ti no te gustó mucho esa decisión, pero no te quedo de otra. Sólo tenías que aguantarte hasta las 2 ó 3 de la tarde para quedarte sola. Veías tus telenovelas y muy de vez en cuando alguno de tus otros hijos casados venía a visitarte. Pasabas tus ratos con tus plantas, arreglando tu jardín o barriendo el patio.

El deber más importante encomendado por mi papá era que por lo menos dos veces a la semana yo fuera a visitarte, quedarme a platicar contigo por unos minutos. A veces iba con gusto porque, lo confieso, me encantaba que me regalaras dinero. Lo que no me gustaba era que siempre que iba me contabas la misma historia de cuando eras niña e ibas a la primaria y de lo tanto que querías a tu maestra Patricia. Y en tu mirada veía que aborrecías vivir de tus recuerdos, por eso cuando iba me pedías que me quedara más. Pero la juventud no entiende a los viejos.

III.

ENFERMEDAD

No era normal que te encasillaras en las mismas pláticas, nadie se dio cuenta. De repente tu enfermedad se hizo cuando Luciano te confesó que se iba a casar y que se iba a mudar de tu casa. Ya no comías; constantemente llorabas; ya no hacías nada ni lavabas trastes ni cocinabas; hasta empezaste a preguntar por tu Taurino, tu marido muerto desde hace más de veinticinco años.

Tus hijas se empezaron a preocupar porque ya no vivías en tu casa, sino que decías que estabas en San Pedrito esperando a que tus hijos llegaran de la escuela. Te llevaron con el geriatra. El diagnostico fue Alzheimer. Dijo el doctor que tu vida cambiaría, que ya nunca serías la misma. Y tuvo tanta razón.

Se reunieron tus hijos para discutir con quién ibas a vivir, pues definitivamente Luciano se iba con su esposa lejos de ti. Discutieron, no llegaban a ningún acuerdo. Que iban a contratar a una señora de planta, que no era conveniente porque la desconocerías. Que tus hijas te iban a cuidar a tu casa, que no se podía porque trabajan. No te podías quedar sola, la demencia ya estaba avanzada, podría ocasionarte algún accidente. Y al fin, la mejor solución a la que llegaron fue que por un mes cada uno de tus hijos te iba a cuidar en sus respectivas casas día y noche. Todos aceptaron y se hizo un sorteo para repartirse los meses entre los seis hijos que te cuidaron por casi dos años.

En esos dos años la familia se distanció, tus hijos ya no se reunían en Navidad, ni se hablaban por teléfono para preguntar por tu salud. Nada. Leí infinidad sobre tu enfermedad y algo que nunca de la cabeza se me va a quitar es que en cada artículo consultado por mí siempre hacían énfasis en que el Alzheimer no tan solo es doloroso para el que lo sufre sino también para los familiares porque los hace reñir pues nadie quiere responsabilizarse del enfermo. Así pasó, tus hijos hasta la fecha ya no son hermanos, se ven como extraños y si se saludan es por mero compromiso

Pasaron tres meses para que vinieras a nuestra casa. Te encontramos perdida en tu mundo. Sólo reconocías a mi papá, creías que mamá, mi hermano y yo éramos tus vecinos del pueblo. Te desgastó el Alzheimer–: te puso más flaca y más necia de lo que ya eras.. Todas las tardes era lo mismo, arreglabas tus cosas y te parabas en la puerta exigiendo que la abriéramos ya que tu Taurino te estaba esperando y si no llegabas a tu casa se iba a enojar. Media hora reñías y discutías pidiendo que te dejaran salir, luego te deprimías, llorabas por tus nenes que se habían quedado sin alimento porque no habíamos dejado que te fueras. En las noches papá te tranquilizaba un poco, te convencía y por fin un poco comías. Dormías poco, llorabas mucho en tu cama. A las mañanas siguientes despertabas un poco lúcida, a medio día a nadie reconocías y te ponías agresiva y aunque te hablaban bien no entendías, en la tarde te ponías triste, en la noche rezabas y las lágrimas inundaban tu almohada.

Y así en tres ocasiones te cuidamos. Recordabas cada vez menos, incluso luego ya ni sabias tu nombre. Y era lastimero ver cómo perdías tu identidad, cómo te ibas convirtiendo de adulta, en casi un bebé que olvidaba tomar agua. Llegó una mañana en que de plano desconociste a mi papá, te asustaste tanto que tu única reacción fue golpearlo y en tus gritos oí la desesperación que te causó olvidarlo y me dio miedo pues tus arrugas eran las mismas pero tus ojos no, ellos miraban tu vida sin entenderla.

A principios de un enero Lupe llamo por teléfono a papá:
-Ven a ver mamá. Se cayó cuando estuvo en la casa de Luciano, se rompió la rodilla, con nada le sella. Ya no camina, ya no come, con nadie habla. La geriatra nos dijo que la internemos lo más pronto que podamos. Mañana temprano viene la ambulancia por ella. Ven a verla.
Ni un segundo lo pensó y se fue a visitarte. Lo acompañó mi mamá. Cuando regresaron ella me dijo que estabas en un grito, bien flaca y por todos tus males adolorida y desolada:
-Mañana se la llevan al hospital pero la geriatra no da esperanzas.

Una noche, dos días estuviste internada. Cuando llegué a verte al hospital vi cómo metían a tu cuarto el equipo de resucitación y entonces entendí.

Y ahora estoy aquí junto a tu tumba después de dos años, contándote retazos de tu vida, de tu pasado. No es justo que una enfermedad te robe la vida, la memoria, la identidad. Pero es más injusto que no lo entiendan las personas que se supone te querían y te traten como una carga, como si a ellos, a nosotros, nos pesara el fardo de los recuerdos que tú fuiste olvidando.

A través del sueño y el recuerdo

lunes 1 de febrero de 2010 0 comentarios

Por Manuel del Callejo


:::::La palabra siempre es tú. La palabra siempre será tú. El recuerdo será inmenso, tan inmenso en su pequeñez como sólo pueden serlo los recuerdos de cristal que guardamos en un recoveco sucio y solitario de la memoria. El recuerdo estará fechado, pero no dirá la hora, ni tendrá la firma que estampé con una pluma de tinta fina. En el recuerdo yo estaré velando tus sueños, sentado en el borde suave de tu cama mientras duermes apacible, sin sentir el calor que hace afuera de tu piel pero tampoco el frío que exhala el mundo de los sueños. Y no soñarás algo que nunca pasó; alguna fantasía nunca ocurrida; un delirio sin tregua de esos que nos hacen amar hasta la obsesión; un universo paralelo de esos que vemos en todos los momentos y en cualquier posición del reloj; un párrafo imaginado como los que nos demuestran, tan inevitablemente, que el amor si no es obsesión, si no es enfermedad, si no tiene otra cura que las letras, no es amor. No, no soñarás algo así en ese recuerdo que me entregaste como si fuera una fotografía de antes, vieja, con la palabra tú y la fecha que yo escribí casi borradas por el tiempo. Lo que soñarás también es un recuerdo, una memoria, algo que pasó antes, una escena de la que ambos nos acordamos, pero no sabemos si la vivimos o la imaginamos luego de hacer el amor. La escena que sueñas en el recuerdo me muestra, primero, sólo a mí, entrando en una habitación, la mía, regresando de un día gris de colegio, y viéndote que sigues dormida en mitad de la cama y desnuda, el silencio sigue recorriendo el cuarto como otro ser más, y aún oyendo todas mis pisadas contra el suelo, tú no despiertas, permaneces como una bella durmiente, dormida para que los hombres la deseen en silencio, yo me siento a tu lado y velo tu sueño obsesivo, ese sueño que no es natural, que parece inducido con narcóticos para que los demás puedan acariciar tu cuerpo sin que tú lo notes, como en un libro japonés, como si fueras un personaje de Murakami y yo un hombre que paga por extasiarme contigo sin que tú lo sepas, dinero a cambio de dejar vagar mi dedo índice por tus mejillas, por tu cuello que late tan suavemente, por tus pechos que se elevan como si estuvieras gozando pero es sólo tu habitual respiración, y luego mi dedo baja hasta donde comienza tu sexo y ahí se queda, admiro tus piernas largas que se quedan sobre las sábanas. Justo en ese momento, yo adivino, como algo metafísico, lo que piensas dormida, aparentemente sedada pero dormida. Imaginas una escena que te robaste de un film de Joe Wright y adaptas para que no pierda su gusto con nuestra historia de silencios. Estamos en una pradera inmensa y verde, allá al fondo se observa la primer muralla de árboles, y sobre nosotros, un cielo de color ceniza, sin sol y sin luna, habíamos salido a ver la vida luego de dormir juntos y nos sorprendía esta inmensidad desconocida, que mirábamos sin decir nada, sin estar el uno al lado del otro y sin emitir ningún sonido, volteamos la mirada para ver el amanecer, pero éste no llega nunca, esperamos y nada, ni el cielo ni sus nubes tienen horarios.
:::::¿Dónde estamos en realidad?